DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
“UN MINISTERIO PROFÉTICO“
12 de julio del 2020
Mt 13, 1-23
1. Las parábolas.
Como el domingo pasado Jesús oraba la misión, en la que reinterpretaba el rechazo a su mensaje, desde los misteriosos designios de Dios: “así te ha parecido bien”; y entonces, no es tanto que los “secretos del reino” sean rechazados, nadie se puede dar ese lujo, sino que Dios se los ha ocultado a los sabios y entendidos y se los revela a los sencillos. Parece que a Jesús la resulta más conveniente decir que a los sabios y entendidos Dios no les ha regalado la gracia de su conocimiento, antes que permitir que alguno lo desaire. El proyecto de Dios sigue adelante a pesar de todo.
Con la misma actitud, Jesús elabora, ahora, una parábola en la que recoge los obstáculos que se le presentan a la misión y los trasciende desde el protagonismo de la palabra. Es como si nos compartiera Jesús su Cuaderno de Vida. Así como en la oración de Mt 11, 25, en las parábolas Jesús nos enseña a mirar las cosas desde su Padre. Las parábolas están hechas desde la lógica de la analogía que dan mucha libertad para relacionar el orden ideal(la Palabra de Dios, el Hijo del hombre, el diablo, la salvación, etc.) con el transcurrir cotidiano lleno de imperfecciones(la agricultura, el comercio, la familia, la guerra, etc.). A pesar de muchas limitaciones, el orden temporal mantiene alguna relación de semejanza con las realidades espirituales. A pesar del pecado el hombre siempre estará invitado a la salvación. Esto será tanto más claro dependiendo de la mirada limpia del evangelizador, que sabe reconocer los secretos del reino. Y si a esa inocencia se le añade un carisma personal de sensibilidad poética, resulta de esto una pieza de arte. Las parábolas son auténticas obras de arte del poeta de Dios que es Jesucristo, que suponen mucho talento, pero también de mirada sosegada, contemplativa sobre las cosas para reconocer en ellas la misteriosa presencia de Dios.
Las parábolas son imágenes de la vida cotidiana que hacen referencia a otro nivel de realidad. Esto supone una gran atención a todo lo que nos rodea, tener la capacidad de asombro de un niño para el cual todo es nuevo y maravilloso. Jesús sabía ver el misterio de la vida desde el cual toda la creación es una metáfora de las cosas del cielo. Después de hablar de la faena de la siembra, Jesús, nos deja claro que no quiere darnos una lección de agricultura, sino de realidades de fe. Esto supone ser muy observador de la naturaleza y de la vida de los hombres, ser muy humano, pero al mismo tiempo con una visión que lo trasciende todo, ser muy espiritual; un experto en Dios, pero también en el hombre y en la creación.
Todas las parábolas de Jesús suponen una mirada serena y a la vez de interés sobre la realidad. Sorprende cómo encuentra Jesús enseñanza en los acontecimientos. Por ejemplo, en el capítulo 15 de san Lucas, es admirable cómo localiza en la vida la experiencia de la alegría al encontrar algo perdido: la oveja, la moneda, el hijo, es tan vital esta experiencia que a algunos les molestó la aplicación que hace Jesús de ella a los asuntos espirituales: “Pues les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”(Lc 15, 7). Llegar a captar con tanta fuerza la vida cotidiana y reflejarla por medio de parábolas, hizo que los sacerdotes y los ancianos del pueblo(Mt 21, 23) se indignaran contra los viñadores asesinos, sin saber que Jesús se refería a ellos(Mt 21, 41). Podría ser motivo de un largo Estudio de Evangelio contemplar la mirada de Jesús y cómo habla desde el corazón de la vida.
2. Cultivar la mirada.
Llegar a la poesía, como lo hace Jesús en la parábola del sembrador, para mí resulta una cátedra de cultivo de la mirada
y de la escucha, que es un poco, por ahora, su pleito: “Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, no comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve”. Con estas palabras del profeta Isaías, Jesús nos da una clave de interpretación de todas las parábolas en especial de la del sembrador. Me da la impresión que hace suyo el “pleito” del profeta Isaías contra la dureza del corazón del pueblo de Israel: “¿Quién ha dado crédito a nuestro mensaje?(Is 53, 1). Este mismo “pleito” lo entablará san Pablo contra su pueblo y es él quien evoca estas palabra del profeta Isaías, en su carta a los Romanos, dichas en el cuarto cántico del Siervo de Yahvé(Rom 10, 1.21): “No reconocen, en efecto, la fuerza salvadora de Dios y quieren hacer valer la suya propia, sin someterse a esta fuerza salvadora”.
Jesús inscribe, así, su denuncia al nivel de la que habían hecho los profetas en el Antiguo Testamento. Pero, ¿tiene Jesús autoridad para apropiarse las palabras de los profetas? Cuando el pueblo lo quiere desautorizar, él reclama la escucha que sólo Dios Yahvé había exigido, desde la cual denunciaba la dureza de su corazón. Para estas alturas de la misión, Jesús, ya había tenido algunos desencuentros con los judías que le pedían señales(Mt 12, 38-42), por no respetar el sábado(Mt 12, 1-14), por expulsar demonios(Mt 12, 22-32), sus familiares había ido a buscarlo porque, se dice, tenían noticias de que se había trastornado(Mt 12, 46-49). Jesús les cobra sus palabras como que son dichas por el Verbo hecho carne(Jn 1, 14).
Gracias a una mirada teologal cultivada en la oración y la escucha de la Palabra, Jesús, puede hacer el “diagnóstico” más objetivo y más lleno de esperanza de lo hasta ahora vivido
en su misión. Se trata de una denuncia más específica, más puntual que la del profeta, pero al mismo tiempo llena de un optimismo desbordado. Mientras Isaías se fija más en la cerrazón del hombre, Jesús centra su atención en la eficacia de la palabra. Ya a Isaías le había alcanzado para un optimismo poético: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar”(Is 55, 10). Jesús describe con más lujo de detalle, tanto las resistencias al anuncio como una confianza ciega en la fuerza del reino de Dios que avanza irrevocablemente(Mc 4, 26-29).
Jesús mismo es la parábola de Dios expresado, por lo tanto, no como una ética o un dogma, sino como un kerygma de salvación; no se presentó desde la intransigencia de la Ley, sino desde un amor que sabe acercarse a la diversidad de procesos, más aún a los que iban por caminos perdidos y sobre todo a estos: “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos… porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”(Mt 9,12). Jesús no utilizó un lenguaje uniforme, excluyente, sino análogo, incluyente. Sabe reconocer signos de la fe y de la presencia de Dios donde el discurso unívoco de los maestro de la ley no pudo imaginar ni aceptar. Es claro que el discurso correspondía a un estilo de vida. Así como en su predicación Jesús toma en cuenta los más variados escenarios y tipos de personas, así también irá al encuentro de todos y les anunciará una salvación integral. Nadie queda excluido del mensaje de Jesús, ni los peores pecadores, ni las enfermedades más dolorosas, ni los poseídos, ni los excluidos por cualesquier motivo: “No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque ‘nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor(EG. 3).
Decía más arriba que Jesús nos comparte su Cuaderno de Vida, porque hace una relectura de los acontecimientos. Ciertamente falta la descripción de los hechos objetivos, predomina la lectura de fe, pero desde ella y de los demás datos que nos brindan los evangelistas podemos vislumbrar los hechos a los que se refiere. En este sentido, los capítulos 11 y 12 de Mateo, aunque ellos mismos son relecturas, nos pueden acercar más a los hechos concretos. Finalmente el Cuaderno de Vida no es sino la metodología con la que se escribió el evangelio. Al decir metodología me refiero a la misma fe hecha una forma de trabajar los acontecimientos a la luz del Espíritu Santo.
3. El optimismo de la salvación.
La parábola del sembrador se trata de una narración muy proyectada hacia el futuro, pero a partir de experiencias muy localizadas en el pasado. Jesús se “sacude el polvo de los pies” frente a la actitud apática que muestra la gente ante su evangelio: “esta generación perversa e infiel reclama una señal…”(Mt 12, 39), como signo profético que manifiesta la dignidad de la misión. Tal vez haya la esperanza de que si no se valora el anuncio puede ser que haya una reacción a través de la denuncia. Lo que sí es cierto es que el lenguaje simbólico, como es el de las parábolas, nos pone más en tensión hacia el futuro. Los profetas utilizaron mucho este lenguaje para sostener la esperanza en la liberación, en circunstancias muy adversas. Fueron profecías que asumieron el momento histórico que se vivía, pero que se volvieron mesiánicas, escatológicas: “¡Miren!; la joven está encinte y dará a luz un hijo, a quien le podrán el nombre de Emmanuel”(Is 7, 14). Se refiere a un hijo de Ajaz? ¿Acaso al Mesías? ¿A la misión de la Iglesia?
Desde la parábola del sembrador podemos asomarnos a diferentes actitudes que se adoptan frente al anuncio de la palabra de Dios, pero para insistir en lo espléndido y generoso de la salvación de Dios que no se resigna a perder a sus hijos. ¿De dónde saca Jesús esto, de su cabeza o de la experiencia? Sin duda que de ambas pero, sobre todo, de su experiencia de vida y de Dios. Jesús diversifica las posturas de resistencia, no todos se niegan igual, finalmente ninguna da frutos, pero por diferentes motivos., por lo cual merecen diferente trato.
Se podría interpretar esta diferenciación como un esfuerzo de comprensión por parte de Jesús, algunos hacen el intento, otros se cierran totalmente, no es lo mismo aunque el resultado sea el mismo. Sin embargo, creo que sí puede ser válido interpretar esto como un alentar a los inconstantes –la semilla brotó- que no se sientan igual que los que se cierran totalmente. Los previene de dónde está la fragilidad para prepararse al combate. Mientras haya señales de vida habrá que buscar rescatarlos. Puede ser, también, un llamado a los evangelizadores para que insistan en los riesgos y acompañen. Más aún, en el caso de las actitudes como “rodadas del camino”, habrá que ver si es incapacidad o mala voluntad.
Es cierto que ante la frialdad de la respuesta al evangelio, a uno le parece inútil estos distingos si van a tener los mismos resultados. Creo que frente a la situación difícil que vive la fe o de todo este proceso de secularización o de mundanidad espiritual, le hacemos un mejor servicio al evangelio si no desechamos gente de forma genérica. Dentro de los que no responden hay diferentes razones, tal vez algunos se dejen rescatar. Si todos están cerrados por igual entonces no hay mucho qué hacer. Pero si algunos lo intentan y no pueden, hay algo qué hacer. Es la conveniencia del lenguaje abierto de
Jesús(o problema para algunos), va por cada uno, no pierde la esperanza, es creativo.
Con todo lo anterior quiero decir que Jesús es optimista en el servir a todos la salvación, no se rinde hasta que de plano le cierran la puerta. Tal vez este sea la razón por la que comete el absurdo de sembrar en todo tipo de terreno. Mientras tanto se resiste a considerar a todos “rodada de camino”; el terreno “con piedras” y “espinos” responden, tal vez se puedan superar los obstáculos. Veo que quiere introducir Jesús una mirada de esperanza. Esto nos puede servir en nuestra misión evangelizadora, donde los procesos evangelizadores difícilmente prenden o no arrancan. Nos puede servir en este ejercicio de comprensión la experiencia más cercana de la pertenencia al Prado. ¿Acaso no hay actitudes semejantes a los diferentes tipos de terreno? Indiferencia, inconstancia, generosidad. Podemos reconocernos a nosotros mismos en alguno de los terrenos o nos puede parecer que otros andan en ellos y desanimarnos porque no agarra fuerza.
No se trata de una comprensión que nos lleve a una actitud conformista, sino a una Pastoral vocacional “cuerpo a cuerpo”, “persona a persona”, como dice el Papa Francisco, discreta pero insistente o no tan discreta. Tal vez nos hayamos enfrentado muchas veces a respuestas apáticas frente a la propuesta de un sacerdocio según el evangelio, pues ahí está Jesús sembrando en todo tipo de terreno y retardando el desaliento. Como si Jesús nos respondiera como a Pedro: “… ¿a ti qué? Tú sígueme”(Jn 21, 22), “si estos no responden, ¿a ti qué? Tu sigue sembrando.
La misma respuesta generosa, Jesús, la trata con gradualidad. No todos dan el ciento por uno. Una mirada demasiado rígida pudiera ser que desechara al 30% y 60% por no ser el 100%. En
esto de la evangelización debemos valorar cualquier muestra de interés, la más mínima respuesta. No debemos esperar arrastrar multitudes o conversiones espectaculares. Qué bueno que se den, pero no es lo ordinario. Más adelante comparará Jesús el reino de los cielos a un grano de mostaza, “que siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol…”(Mt 13, 32). Esto me recuerda unas palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día… Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades…”(44).
¿De dónde le viene a Jesús esta serenidad y esta confianza? Sin duda de la bondad radical que reconoce en el corazón del hombre por ser imagen de Dios, pero sobre todo de la eficacia de la Palabra, “que es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos…”(Heb 4, 12). Jesús ya había profesado su confianza en la palabra cuando invitaba a cumplir la ley: “Porque les aseguro que mientras duren el cielo y la tierra la más pequeña letra de la ley(palabra) estará vigente hasta que todo se cumpla”(Mt 5, 18). “El grano germina y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma; primero un tallo, luego la espiga, después el trigo abundante en la espiga”(Mc 4, 27-28).
En conclusión, me parece que Jesús asume la firme denuncia de Isaías frente a la dureza de corazón de su pueblo, en el trasfondo de la experiencia de rechazo que vive de su persona y su mensaje, pero con un derroche de optimismo y esperanza por la misericordia de Dios y la fuerza creadora de su palabra.
