DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
“Así, la Iglesia tiene más la oportunidad de ser “el buen samaritano” que cura las heridas de los que se van quedando tirados por el camino. No podrá renunciar a la pesada cruz de definir qué es salvación y qué no lo es, pero lo hará siempre al servicio de la compasión de Dios. Este es el único poder que puede reclamar la comunidad de creyentes”.
6 de septiembre del 2020
XXIII DOMINGO ORDINARIO
Mt 18, 15-20
San Mateo es llamado el evangelio de la Iglesia, porque trata aspectos esenciales de ella. De hecho fue el evangelio favorito de la Iglesia durante muchos siglos, ciertamente porque se pensaba que era el primero que se había escrito, porque habla del seguimiento de Jesús en comunidad, o tal vez porque ayuda a justificar su organización. Son muy elocuentes las parábolas del reino, del cual lo más parecido en la tierra es la Iglesia. De hecho el texto que meditamos habla de la corrección fraterna pero, también, del poder de la comunidad para integrar o excomulgar.
Arriesga la compasión y tolerancia que ya había enseñado, cuando hablaba del pastor que sale en busca de la oveja perdida(Mt 18,12) y de la parábola del trigo y la cizaña(Mt 13, 36-46), para ungir a la comunidad de discípulos que puede juzgar a quienes se apartan del camino, como sacramento de Cristo: “…pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Tal vez sea esta, más bien, la forma concreta de salir en busca de la oveja perdida, y que apartarse del pecador como de un pagano, como lo enseña ahora, no signifique “arrancarlo” de la comunidad para siempre, sino un simple poner en suspenso la relación con él para invitarlo a recapacitar. La corrección fraterna que, puede tornarse juicio, y la comunidad, se implican íntimamente. Juzgar a un pecador es un asunto tan serio que sólo lo puede hacer una comunidad y esta es representante del poder de Dios en la tierra, de tal modo que puede “atar” y “desatar”.
“¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”(Mc 2, 7). Es el cuestionamiento que hacen los fariseos a Jesús, cuando este perdonó los pecados a un paralítico. Dicen una gran verdad: nadie puede contra las fuerzas del mal, sino sólo Dios. Este reclamo se le puede hacer ahora a la Iglesia, ¿con qué autoridad perdonas los pecados? Estamos frente a una potestad sagrada, que se puede vivir como una unción que empodera a la Iglesia frente a los “reyes” del mundo. Este texto, junto con el de las llaves del reino otorgadas a Pedro y otros, han sido utilizados para justificar el poder temporal del Papa o de la Iglesia, a lo largo de la historia. En tiempos no muy gloriosos para la Iglesia, estos textos se interpretaban como la razón de supremacía del poder espiritual sobre el temporal, lo cual llevaba a reclamar privilegios. Toda la época de cristiandad se caracterizó por una pugna entre los dos poderes, aprovechando que todos eran “súbditos”, por las buenas o por las malas, de la Iglesia.
Sin dejar de ver la institucionalización del poder de perdonar por parte de la Iglesia en estos textos, de tal manera que la hagamos coincidir con la práctica del sacramento de la reconciliación, tal como la tenemos hoy, se puede interpretar, también, como misión, es decir, un proceso para servir la paz de Dios. En este caso coincidiría con todo el quehacer de la Iglesia, que es evangelizar, anunciar la buena noticia de la misericordia de Dios. Así, la Iglesia tiene más la oportunidad de ser “el buen samaritano” que cura las heridas de los que se van quedando tirados por el camino. No podrá renunciar a la pesada cruz de definir qué es salvación y qué no lo es, pero lo hará siempre al servicio de la compasión de Dios. Este es el único poder que puede reclamar la comunidad de creyentes.
Un ejemplo de esto lo tenemos en el camino que propone el Papa Francisco, para tratar las situaciones irregulares dentro del matrimonio,
y que puede ser modelo para toda la acción evangelizadora de la Iglesia: “Aunque siempre propone la perfección e invita a una respuesta más plena a Dios, la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la genta para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad. No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña”(AL. 291).
Mateo no tiene empacho en mostrar el lado humano de la Iglesia. El domingo pasado escuchábamos la reprimenda que dio Jesús a Pedro, que lo trata de satanás. Antes de escandalizarnos de que se trate el tema del pecado en las comunidades de discípulos habrá que valorar la trasparencia con que se manejaban. ¿Qué no debería Jesús simplemente dedicarse a enseñar el camino del bien, de la perfección? ¿Enseñar la corrección fraterna no es hacerse cómplice del pecado, supone su aceptación implícita? ¿Qué no son los discípulos de Jesús una especie de raza superior que por su rectitud pueden juzgar a los demás? ¿En dónde está, si no, la diferencia específica de los cristianos? La diferencia está en que no utiliza las fallas de los hermanos para amasar poder, sino para prestarles el servicio humilde de la reintegración a la comunidad. Pecadores sí, criminales no, ha dicho el Papa Francisco.
En el texto que ahora meditamos, también el pecado viene del interior de la comunidad. Por sí misma no tiene esta la autoridad para juzgar a los de fuera. Sólo puede justificar su misión reconciliadora en cuanto asumida como un servicio que se le ha pedido de lo alto, y en cuanto ella misma practica la dinámica de la corrección fraterna. Su diferencia con el resto de la sociedad no es su impecabilidad, sino que se deja recrear continuamente por Dios, en la escucha y celebración de la fe y en el discernimiento que continuamente hace de la voluntad de Dios.
No existe comunidad alguna que no tenga problemas en su interior. A pesar del amor que se profesen sus miembros hay ofensas. Puede ser que algunas comunidades, para impresionar, se presenten como impecables, habrá que sospechar de cuáles son sus verdaderas intenciones, tarde que temprano necesitarán de la corrección fraterna.
En lugar de lucrar o simplemente escandalizarse con los pecados, habrá que hacerlos una oportunidad de redención. No bastará con deducir de este texto el poder canónico que tiene la iglesia para perdonar los pecados, asunto que es incuestionable, sino que deberá conducir a asumir la sacramentalidad de la compasión de Dios en la comunidad de discípulos, que es creativa en la búsqueda de la oveja perdida: habla a solas con el pecador, después en presencia de un testigo, luego frente a toda la comunidad y, por último, no queda claro que lo excomulgue, sino que lo trate como a un pagano, como a un publicano. Y aunque se tratara de excomunión, esto no significa condenación eterna.
Para que la corrección fraterna no sea un pretexto para la revancha o un alarde de poder, que empeore las cosas en lugar de remediarlas, deberá tratarse la herida del pecado con mucho cuidado y con precisión. Las fallas de los demás no autorizan a nadie para que los tratemos de cualquier forma, para que los humillemos. El respeto caritativo al hermano caído es la única posibilidad de tener éxito en la corrección. Hablar a solas con quien ha pecado es una señal de que no queremos simplemente afirmarnos a nosotros mismos, sino anteponer el bien de su persona. No cualquiera tiene autoridad frente a un hermano caído, sino el que demuestra con su proceder que es digno de confianza. Frecuentemente pensamos que el sólo error nos justifica para meternos en la vida del otro de cualquier manera, sobre todo si se trata de una ofensa hacia nosotros. Tal vez lo podamos hacer, pero lo más seguro es que no salvemos al hermano.
De no lograrlo en el primer intento, deberemos involucrar a una o dos personas. Sabemos de la importancia, en el pueblo judío, que tiene un testimonio dicho por dos o más, se vuelve prueba contundente. Esto asegura la objetividad del hecho y que por lo tanto no es asunto personal del que inició la corrección. Se sigue espantando toda sospecha de usar este tema tan delicado para el desquite o para dominar al otro.
Tal vez el amonestado pueda en este momento sentir la caridad de la recta intención de quienes lo aconsejan.
Pero si lo anterior no sucede, se está autorizado para presentar al hermano a la comunidad. A este punto obra ya no sólo la prudencia y el criterio del buen consenso, sino la promesa de la presencia de Jesús en medio de ellos. Ya no es un simple grupo de amigos con muy buenas intenciones, que se moderan unos a otros, se da una dimensión nueva en ellos, se vuelven comunidad sacramental del poder salvífico de Dios.
Vuelve a suceder la declaración: “Tú eres Iglesia”, que alegóricamente atribuíamos a Pedro, después de proclamar: “Tú eres el Mesías…, y Jesús le responde: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. De nueva cuenta, podemos abusar de las palabras dichas por Jesús, ahora a la comunidad, y expresarlas como: “Tú eres Iglesia, lo que ates e la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Esta vez, como una nueva profesión de fe, pero sobre todo por una práctica de integrar a los hombres en la comunión de la familia de Dios, entonces “estoy yo en medio de ellos”.
