DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
“El nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, se construye desde el interior y no simplemente desde los ritos”
16 de agosto del 2020
XX DOMINGO ORDINARIO
Mt 15, 21-28
“Jesús se retiró a la comarca de Tiro y de Sidón”. Se trata de un movimiento misionero extraordinario, ejemplar. Todo lo que hoy se dice acerca de una Iglesia en salida y de ir a las periferias geográficas y existenciales tiene en este episodio un modelo. Hasta entonces el mandamiento de amar al prójimo significaba amar a los de la propia raza, apartarse de los paganos era igualmente una obligación. Con su salida a Tiro y Sidón Jesús cuestiona el más antiguo de los paradigmas con el que el pueblo de Israel había construido su identidad: ser el pueblo predilecto de Yahvé. De ahí que pagar el tributo al César, además de la carga económica, es una ofensa a Dios en su pueblo elegido, una especie de idolatría. Pero ahora, Jesús va al encuentro de los paganos y les anuncia la salvación; es un mal judío, y todavía se atreve a decir que es el Hijo de Dios.
Se trata de un hecho muy significativo en la construcción del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. Esta se construye desde el corazón y no simplemente desde los ritos; desde el interior y no tanto del exterior, como se lo acaba de decir Jesús a los fariseos y escribas unos versículos antes(Mt 15, 17-18): “¿No comprenden que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre”. La mujer cananea sorprende a Jesús con un acto de fe salido de lo profundo de su corazón. Este principio irá poco a poco cuestionando muchas estructuras aparentes y muchas veces injustas, con las que los hombres se mienten y se someten unos a otros. Con el principio de interioridad desenmascarará Jesús mucha falsedad en el culto a Dios y sentimientos de superioridad: “Cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos…”(Mt 6, 1). La grandeza del hombre está en su ser y no en su tener, en su capacidad de amar y no tanto de imponerse a los demás. Desde entonces no hemos aprehendido a medir la
dignidad de las personas desde la interioridad, continuamente surgen criterios aparentes desde los cuales nos humillamos unos a otros, que si del norte o del sur, que si blanco o negro, pobre o rico, culto o inculto, hombre o mujer, obreros o estudiados, que si este título u otro, etc., lo malo es que no queda en puras palabras, sino que repercute en mejores o peores condiciones de vida.
Habrá que profundizar más en los criterios de Jesús para que se haga justicia al proyecto de Dios sobre el hombre, sólo así habrá paz sobre la tierra. Hemos construido una buena organización religiosa inspirados en Jesús, pero también en ella se dan las discriminaciones, hacia dentro y hacia fuera. No es que Jesús diga que lo único que cuenta es la interioridad, sino que no se debe descuidar porque ordinariamente nos movemos por las apariencias: “Esto es lo que había que practicar; aunque sin descuidar aquello”(Mt 23, 23), decía Jesús.
Entrando en los detalles de cómo se da el traslado de Jesús hacia Tiro y Sidón, parece que no va con mucho gusto a esa región, que más bien va presionado por las circunstancias, como poniendo tierra de por medio a las hostilidades de Herodes y de los escribas y fariseos. Es la primera vez que Jesús sale de territorio judío. Un extraño movimiento si atendemos a sus palabras: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. A partir de estas palabras no podemos decir que tiene toda la intención de evangelizar a los paganos, a no ser que sean palabras retóricas. En el discurso apostólico había dicho a sus discípulos: “No tomen camino de gentiles ni entren en ciudades de samaritanos, diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”(Mt 10, 5). Él se aplica este criterio en el pasaje que meditamos, es coherente. Es cierto que ya había curado al criado de un centurión romano, pero esto sucedió en Cafarnaún no en tierra de paganos.
Al parecer Jesús no tiene claro, todavía, que la salvación es para todos los pueblos, tuvo que clarificarlo, lo cual suena un tanto escandaloso. A no ser que Mateo lo presente de esta manera para quedar bien con los judíos, que son sus principales destinatarios. Vale decir que Mateo presenta a Jesús más cortante hacia la siro-fenicia que Marcos. Mateo hace más dramático el diálogo entre Jesús y la mujer; esta le hace su súplica de una forma desgarradora por dos ocasiones (Marcos, ni siquiera deja hablar a la mujer, simplemente narra que la mujer le habló una sola vez): “…se puso a gritar:
‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio ́…” “…postrada ante él, le dijo: ‘¡Señor, ayúdame!’” A la primera Jesús responde con un silencio aparentemente indiferente, que da la sensación de un menosprecio que provoca la intervención de los discípulos. Frente a la insistencia de la mujer Jesús responde de una forma, que ahora preferimos mejor su silencio: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.
Se trata de un auténtico diálogo de fe, como el que Jesús sostuvo con la samaritana en el evangelio de san Juan. Nos hemos acostumbrado a que cualquiera es creyente, cristiano o católico, supuestamente discípulo de Jesucristo, porque cumple con algunas tradiciones. Este encuentro entre Jesús y la siro-fenicia nos puede ayudar a comprender que llegar a pertenecer a Cristo es fruto de un proceso, que ciertamente implica algunas obras nuestras, pero que no podemos exigirle o ponerle condiciones a Dios. Muchas veces pensamos que compramos a Dios con nuestros rezos y algunas obras buenas. Esto también se lo debemos a Dios, el que nos den ganas de rezar y ser buenos. El encuentro con el Señor, en última instancia, es un don. Nos toca hacer lo nuestro, como “siervos inútiles que sólo hacen lo que tiene que hacer” y ponernos a merced del Señor. Esto es lo que hace estupendamente esta mujer: suplica, se postra, se abandona a la voluntad de Jesús. Es cuando Dios quiere y como él lo desea, no cuando a nosotros se nos antoje. Mientras tanto sigamos poniendo los signos de nuestra disponibilidad, sin exigencias ni condiciones: escuchamos la palabras de Dios, oramos, hacemos obras de caridad, etc.
Cuanta arrogancia, a veces, al ir a pedir algún servicio pastoral a las parroquias, debe ser cuando yo quiera, como yo quiera y con quien yo quiera. Rara vez se acerca a las cosas del Señor, tal persona, o se acerca mal y por tan poco se siente con derechos a exigir, al fin y al cabo hasta está dispuesto a pagar una buena cantidad. No es como tú quieras, hay procesos evangelizadores que nos quieren ayudar a vivir mejor nuestra fe. No quiero pensar cómo le habría ido a Jesús con algunos de nosotros que se sienten los mejores creyentes, y que Jesús le marque el proceso que lo pidió a esa mujer. De seguro lo acusaríamos de prepotente, arrogante, déspota, lo amenazaríamos con cambiarnos de religión.
Con esto no quiero defender a quienes tratan mal en las parroquias por mal genio o soberbia. Pienso más bien en las ocasiones en que se les propone, a quienes se acercan a pedir un servicio, un camino evangelizador o simplemente los requisitos que deben de ser, y que se sienten ofendidísimos por que no se les cumplen sus caprichos o porque hay cierta exigencia. Debemos ser parroquias de puertas abiertas y compasivas pero que entreguen toda la misión de Jesús a las personas y no sólo que les alimenten sus devociones.
Este diálogo de fe es ejemplar para todos los diálogos interpersonales. Se debe estar dispuesto a respetar la total diferencia del otro, que tiene su propia historia, su sensibilidad y su visión de la vida, con el único límite de la verdad y el bien común. Jesús sale al encuentro de quienes, culturalmente, están en el otro extremo y existe oposición, lo manifiesta con su silencio y con sus palabras. Sin embargo, sabe reconocer la verdad y pureza de las palabras del “enemigo”. Reconocer la bondad del que es opuesto a mí es señal de enorme madurez. Es necesaria la honestidad y humildad de buscar la verdad para lograr la comunicación con los demás. Aquella mujer, con su respeto a la manera de proceder de Jesús, da muestra de que también ella es hija de Dios. No avasalla a Jesús con su necesidad, ni se siente con todos los derechos de ser atendida, simplemente expresa su deseo con humildad. Podemos decir que con su forma de proceder, esta mujer, enseña a Jesús a cumplir con su misión de ser “luz de todas las naciones”(Lc 2,32). Es figura de la Iglesia que lleva a Cristo a todas las gentes. Es un diálogo en el cual ambos interlocutores aprenden algo nuevo, aún Jesús, que conocía el plan de Dios de alguna forma, pero tiene que ir aprendiendo en concreto dicho proyecto. Nos enseña así más que considerando que todo lo puede por ser Dios.
