DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
“No sirve de mucho que la fe viva en la palabra o en la liturgia, es necesario que viva en el drama cotidiano”
9 de agosto del 2020
XIX DOMINGO ORDINARIO
Mt 14, 22-23
“Inmediatamente después de la multiplicación de los panes…” En el evangelio de Mateo no existe discurso del pan de vida, como en Juan, pero este pasaje puede funcionar como una catequesis post sacramental, considerando que “la multiplicación de los panes” hace referencia a la eucaristía. En ambos casos la fe en Jesucristo sigue pendiente, a pesar de la fascinación frente al signo. El reproche de Jesús a Pedro vale para todos los discípulos, también para nosotros: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Como si también en este texto Jesús dijera como en san Juan: “Esfuércense por conseguir no el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna”. Y este alimento es la fe en Jesucristo.
Hasta ahora en el evangelio de Mateo, Jesús ha hecho resonar su palabra invitando a la fe (sermón del monte y parábolas) y ha cumplido dicha palabra con sus milagros, especialmente este de dar de comer a la muchedumbre (celebración), pero falta traducir en vida esa fe. Los discípulos haciendo la travesía por el mar en una barca pueden muy bien simbolizar la eucaristía existencial. La tempestad viene a dar mayor realismo a la comparación, la imagen funciona precisamente en cuanto a las dificultades, es un buen retrato de la vida. Nadie se escapa de las contradicciones de la vida, en ella es donde nos damos cuenta si realmente somos creyentes o meramente religiosos.
A pesar de que puede quedar la impresión de que Jesús simplemente reprocha la falta de fe, de que es duro con nuestras fragilidades, nuestros miedos, más en el fondo quiere ayudarnos a reconocer su presencia en nuestras vidas. Ha enseñado la fe, la ha hecho sentir en el simbolismo de los milagros, pero la fe no es verdadera hasta que se hace vida. No sirve de mucho que la fe viva en la palabra o en la liturgia, es necesario que viva en el drama cotidiano. Tal vez sea este el mayor problema de la incredulidad de nuestro tiempo, no hayamos cómo dar significado a nuestra vida desde la fe; muy bien toda la teoría religiosa, pero ¿qué significa todo esto en lo concreto de la vida? La doctrina y la liturgia nos parecen abstractas, queremos sentir a dios muy cercano y más dentro de nosotros. Mucha de la incredulidad que se vive en la actualidad es hacia la imagen de un dios que no toca la vida, sea porque no se le ha sabido trasmitir o porque no se ha aceptado.
¿Cómo podemos hacer significativo a Cristo en lo cotidiano? Acerquémonos con esta pregunta al texto que meditamos. Creo que la primera invitación es aceptar que él viene a nosotros como él quiere y no como nosotros lo esperamos, también en las adversidades. Jesús había bajado a sus discípulos del mesianismo triunfalista y los había puesto en el mar, donde experimentan su fragilidad.
Así las cosas, la tempestad más que afuera estaba en el corazón de los discípulos. Son una Iglesia que lleva mucho ruido en su interior. Es probable que la multiplicación de los panes les hubiera alborotado más la expectativa mesiánica. La “olas” y el “viento contrario”, parece que son más sus pretensiones. Habían estado tan cerca del poder, lo que ellos buscaban realmente en Jesús, que al no lograr alcanzarlo se sienten frustrados, perdidos. San Juan nos cuenta que hasta querían proclamar rey a Jesús(Jn 6, 15). Se había perdido la gran oportunidad que estaban esperando. Hasta entonces la misión avanzaba entre muchas dificultades, y ahora que se habían acomodado las cosas, Jesús no deja a sus discípulos sacar provecho. Al parecer, Jesucristo mismo tuvo que ubicarse frente aquel acontecimiento, se retira al monte a orar, para hacer de aquello un signo del reino y no sólo un espectáculo; había el riesgo de que fuera aquello un triunfo del maligno que siempre le estaba diciendo “convierte las piedras en pan”(Mt 4, 3).
De aquí puede surgir la segunda invitación a no hacer abstracción de la existencia tan llena de momentos absurdos. Jesús con su encarnación ha asumido todo lo humano, también sus límites y torpezas. En el evangelio se acerca a sus discípulos en la tempestad, puede esta ser una buena imagen del misterio de la encarnación, de que Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos(Heb 2, 11): “Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que toca a Dios, y expiar los pecados del pueblo, Pues, habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando”(Heb 2, 17-18). San Pablo aprendió de Jesús a nombrar hermanos a los de su raza y sangre(Segunda lectura), los cuales “desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios”(Rom 10, 3). No importa, Pablo aceptaría verse separado de Cristo, para bien de sus hermanos. Esta mirada puede ayudar a superar el divorcio fe-vida, que parece ser peor y mayor que la sola falta de fe.
También puede ayudar a que la fe asuma la vida una lectura más espiritual. Hay quien relaciona este episodio con la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La oración al despedir a sus discípulos, equivaldría a Getsemaní, la tempestad a las
horas de su pasión y caminar sobre las aguas y detener la tempestad a la resurrección. Podemos quedarnos con que la tempestad es signo de la mayor solidaridad de Jesús con la humanidad desde la cruz. Esto nos recuerda la misión del Servidor de Yahvé: “Fue herido por nuestras faltas, molido por nuestras culpas. Soportó el castigo que nos regenera” (Is 53, 5). Simplemente se acercó hasta lo más bajo de nuestra condición.
Esta es la “suave brisa” en la que Dios se sigue acercando a nosotros, como lo hizo con Elías. Él no es la tempestad, ni el viento huracanado que destruye, sino la calma que recrea. La cruz de Jesús es capaz de hacer con los “escombros” de nuestra vida un hermoso templo donde habite el Espíritu Santo. Más allá del reclamo por la falta de fe, que contiene este pasaje, está el ofrecimiento de trasformar nuestras tempestades en suave brisa. Para esto es necesario escuchar a Jesús que nos dice quién es él realmente, para que se ahuyenten nuestros fantasmas. Este es el misterio de nuestra fe, o sea, lo que celebramos en la eucaristía.
La Iglesia deberá ser instrumento para que Dios siga acercándose al drama humano, hasta donde más le duele al hombre de hoy. Prestará un mejor servicio si lo hace “caminando sobre las aguas”, es decir apoyada totalmente en dios y no en los carros del faraón. Como Pedro y Juan frente al paralítico: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo, te lo doy: En nombre de Jesucristo…”(Hech 3, 6). Desde la oración, como Jesús, deberá centrarse en el proyecto del Padre para ofrecer el alimento que no se acaba. Ya hay muchas iniciativas desde la bondad humana, hacen falta testigos de la Bondad de dios.
El domingo pasado insistíamos en la lectura político-social de la “multiplicación de los panes” , pero también decíamos que no se puede hacer confianza a la mera filantropía, es necesario involucrar a Dios en la causa de la justicia del mundo bajo riesgo de simplemente cambiar de víctimas, como ha sucedido en muchas ocasiones. Inculcar la justicia de dios para realmente salvar al mundo nunca ha sido tarea fácil, y sin embargo en ello se juega la Iglesia su identidad.
La tempestad vivida por los discípulos es signo de las persecuciones del mundo, pero sobre todo de su “mundanidad espiritual”. Es más expresión de un pleito entre la idea mesiánica que tenían los discípulos y la que Jesús les revela, que quedará al descubierto en el primer anuncio de la pasión: “¡De ningún modo te sucederá eso!…¡Quítate de mi vista, Satanás!(Mt 16, 22-23). Otra vez Pedro, pero son todos los discípulos, somos todos.
Que los discípulos están llenos de “mundo”, queda de manifiesto cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre el lago. Proyectan en él su confusión, se resisten a reconocerlo porque no viene a ellos como ellos lo esperan. Comienza la “lucha” entre el “Soy yo”, por tanto la realidad de Jesús y la fantasía de los discípulos. Por más que su imaginación les ha creado aquella tempestad en “un vaso de agua” se aferran a ella. Jesús les invita a entrar en su realidad de Hijo de Dios. Pedro se atreve a pedirle una prueba para poder creer en él. Jesús le permite ir desde su duda hacia él, pero no lo abandona cuando se hunde.
No conocer bien a Jesús se vuelve un problema más. Ideas como que Dios está más interesado en condenar que en salvar, que privilegia a algunos y desprecia a otros, que le somos indiferentes, etc., son fantasmas que nos espantan de él. La fe supersticiosa nos ofrece un Dios a la medida de nuestro deseo, sin mucho compromiso, pero que no responde a las inquietudes más apremiantes de la existencia. Es necesario escuchar a Jesús hasta que sintamos que nos dice: “Soy yo”, y nos brote del corazón: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios
