DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
“Los ideales de justicia, fraternidad e igualdad exigen una experiencia eucarística. La política reclama la mística”.
2 de agosto del 2020
XVIII DOMINGO ORDINARIO
Estamos frente a un acontecimiento muy encarnado o político y muy espiritual o místico, a la vez. Es un buen retrato de la fe, que nos lleva hasta el cielo y nos empuja al compromiso social, con mucha fuerza. Tal vez por eso aparecen seis narraciones de la multiplicación de los panes en los evangelios, dos en Mateo, dos en Marcos, una el Lucas y una en Juan. Como que fue un episodio que marcó profundamente la vida de los discípulos de Jesús, la verdad es que da para todo. Si queremos hablar de la eucaristía, de la Iglesia, de Jesús, de la caridad, de la compasión, del cielo, de la tierra, aquí hay.
Para empezar, la muerte de Juan el Bautista marca el relanzamiento de la obra de Jesús, que ahora aparece rodeado de mucha gente; esta vez no buscaba gente, sino calma y silencio. A pesar de esto, Jesús, se compadeció de ella y curó a los enfermos. La compasión es un sentimiento que nos emparenta con Dios: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”(Lc 6, 36). Ahí comienza el milagro de la multiplicación de los panes. Dejarse afectar por el sufrimiento de los hermanos nos hace hijos de Dios(Mt 5, 45). No se trata sino de cultivar la vocación humana a la solidaridad e inscribirla en la lógica divina del partir y compartir. Esto es, permitirle a Dios que él administre su creación al servicio de los más pobres. Nada extraordinario permitir al dueño de una propiedad que él la administre. El alimento y con ello todo lo indispensable para vivir no es suficiente desde que el hombre se ha ido adueñando de la creación. Se dice que no alcanza para tantos, que hay que regular la natalidad o acabar con los menos dotados porque consumen y no producen. Sanar esta “raíz podrida” que hay en el corazón del hombre es el mayor milagro, antes que “hacer la magia” de multiplicar los panes. Recuperar la sensibilidad frente al sufrimiento humano, esto sí es “ser como
Dios”, que es el anhelo del ser humano desde el principio. Se trata de un “ser como Dios” que no se vuelve una cruz que desangra a los hermanos, sino un alivio para sus heridas.
En lectura horizontal de este acontecimiento tendríamos que comenzar, pues, por la compasión de Jesús que lo lanza hacia los hermanos. Ahora, Jesús, toca este índice de indigencia, como ha tocado otras enfermedades, que es el hambre. Saciando el hambre, Jesús, se hace comprender por todos. Quién sabe si sus predicaciones todos las comprenderían, hizo todo su esfuerzo en las parábolas, pero curar el hambre es lenguaje universal, todos la conocemos al igual que el consuelo del alimento. El comer es símbolo de algo estrechamente cercano: “Están más cerca mis dientes que mis parientes”.
La experiencia del hambre y el alimento tiene mucho que ver con quién somos. Somos lo que comemos y lo que no comemos. No es lo mismo haber padecido hambre que no haberla padecido, haber tenido la oportunidad de refinar nuestro paladar o haber probado simplemente lo básico. El hambre nos pudo haber ayudado a valorar la vida como un regalo o nos pudo haber llenado el corazón de resentimientos. Cuando Jesús sacia el hambre todos ponemos atención. Cuando los discípulos de Jesús tocan la carne sufriente se hacen creíbles.
De ahí que sirva para explicar otras necesidades humanas. Por ser tan básica esta experiencia la aplicamos a la falta de afecto, de conocimiento, de sentido de la vida, de amor de dios, de justicia, etc. Jesús decía: “Dichosos los que tiene hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará”(Mt 5, 6). En contraparte le llamamos pan a la cultura, al amor, a la palabra, a la verdad, a Dios. Muy seguramente por eso el sacramento de la obra del amor de Cristo tiene que ver con un alimento: “…tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo entregado por ustedes…”(1Cor 11, 24). Así como por el hambre experimentamos, reiteradamente, nuestra contingencia a cada momento del día, por el alimento somos recreados continuamente. Por lo tanto, lo primero que hay que asegurar en medio de esta pandemia y siempre es que nadie pase hambre. Cuando pasemos hambre y cuando queramos comer de más acordémonos que millones viven esta situación cotidianamente.
Con el dar de comer a la multitud, Jesús, tocó fibras muy sensibles del ser humano, nos “echó a la bolsa”. El que da de comer genera una cierta paternidad.
No es raro que también se use para comprar voluntades(despensas, tortas). Este gesto sirvió de preparación para presentarse él mismo como el alimento del cielo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”(Jn 6, 51). La misión de Jesús consistió en revelar al mundo que tenía hambre de Dios, y que creer y alimentarse de él será la única forma de superar la anemia que le aqueja: “¿Por qué gastan el dinero en lo que no alimenta, el jornal en lo que no quita el hambre? Escúchenme atentamente y comerán bien, se deleitarán con exquisitos alimentos”(Is 55, 2). Interesarse por el hambre del mundo entraña el riesgo de ser devorado, mejor ni preguntar. Jesús ha venido a traer el alimento de la Palabra de Dios y de su propia persona al mundo, fue un hombre comido. Si Dios nos ha compartido su vida divina, cuánto más tendremos nosotros que compartir nuestra humanidad con los hermanos, ser buen pan.
Todo esto suscita un compromiso de justicia, de buscar que todos tengan condiciones de vida digna. Jesús puso muchos signos de reivindicación de la dignidad de las personas y entre ellos estuvo el contar con las condiciones básicas de sobrevivencia: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena noticia”(Mt 11, 5). La salvación debe ser integral, no se puede anunciar la salvación eterna si no se acompañan procesos para que la oportunidad de todos los derechos sean iguales para todos. Escuchamos, últimamente, noticias de cómo algunos pocos se han querido adueñar de nuestro país robándole la vida a muchos. A todos ellos les recordamos las palabras de Santiago: “Su riqueza está podrida y sus vestidos son pasto de la polilla. Su oro y su plata están enmohecidos y este moho dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como fuego”(St. 5, 3).
Con su forma de proceder Jesús denuncia toda injusticia que favorece la concentración de bienes en pocas manos a costa del hambre, enfermedad y muerte de sus hermanos. La compasión de Jesús no es simplemente asistencial, sino que conlleva un clamor de justicia estructural, es decir, un cambio en la organización de la vida pública. Con tristeza vemos que hay redes de complicidad en la maquinación de la corrupción que pesa sobre la vida de los más pobres de la sociedad. Alianzas entre los poderes para mantener su status y si es posible acrecentarlo.
La multiplicación de los panes nos invita, también, una profunda comunión con Dios. Que se remuevan las entrañas hasta lo más profundo es asunto de Dios antes que del hombre. El pan ha llegado a significar la carne del mismo Dios. Así
como nos invita a la solidaridad, nos invita a la contemplación del amor divino. La vida contemplativa alcanza su culmen en la adoración de Jesucristo en la eucaristía.
La misma dinámica del acontecimiento nos adentra en otra dimensión. Desde que Jesucristo “levanta los ojos al cielo y pronuncia la bendición” hace presente otra lógica, esto no es asunto de altruismo o filantropía, es asunto de Dios. Qué bueno que son cinco panes y dos peces, para que se vea que todo esto va por cuenta de la Providencia. La propuesta meramente humana consideraba a aquella muchedumbre como una amenaza y por lo tanto había que deshacerse de ellos cuanto antes: “Despide a la gente para que vayan y compren”. Que cada quien se las arregle como pueda. Pongamos muros, cerremos las puertas, digámosles que ya no es hora, construyamos barreras psicológicas, culturales, económicas, tecnológicas. Y con esta visión tan pragmática, cualesquier solución es poca cosa: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. Nunca tendremos lo suficiente como para animarnos a compartir, siempre estaremos necesitados. Siempre hay muy pocos recursos como para lanzarnos a construir una obra comunitaria. Jesucristo pone en las manos de Dios su Padre los recursos y comienza a repartir.
Los ideales de justicia, fraternidad e igualdad exigen una experiencia eucarística. La política reclama la mística. No que sólo los que van a misa son buenos, sino quienes se dejan sanar del egoísmo radical de su corazón. Eso no está al alcance de razonamientos y técnicas, es necesario hacer la experiencia de la gratuidad que sólo Dios o un Ser superior nos puede regalar. De otro modo siempre habrá “amor con interés”. Tenemos varios siglos queriendo arreglar el mundo de esta manera y simplemente cambian las palabras, pero el sistema piramidal sigue. Dejémonos alimentar por Dios, para que podamos servir la verdadera fraternidad.
