EL “ESTUDIO” DE LA PALABRA FORMA AL DISCIPULO
“Lectio Divina” o “Lectura orante”
Un camino vivido y propuesto por la Iglesia
“El Maestro está aquí y te llama”
(Jn 11,28)
P. Juan Olloqui, Arquidiócesis de Chihuahua
INTRODUCCIÓN.
Aun cuando se trata de unas notas repetitivas, ofrezco este auxilio para adentrarnos en el espíritu de la Lectio Divina. En ellas quiero mirar cómo Dios forma a quienes él pretende hacerles discípulos suyos, parte viva de su pueblo. Pero sobre todo me interesa ver cómo Él va configurando a quienes, siendo bautizados y convertidos al Camino, ha pensado enviar a servir en nombre suyo en los ambientes y lugares donde no le conocen, sobre todo en la vida de los cristianos que no tienen acceso a la Palabra y los sacramentos. Sabemos que una inmensa cantidad de hermanos en la fe, o no tienen la Biblia o, si la tienen, no la utilizan; el hecho de colocarla frente a nuestros ojos y acompañada de un florero o de una lámpara, pero sin abrirla, es como tener a la vista la fuente de la vida, pero sin llegar a beber de ella.
Pablo enseñaba que “la fe nace de la predicación, y lo que se proclama es el mensaje de Cristo” Rom 10,17). Lo que se proclama o predica es la Palabra de Cristo. Pero igualmente el Apóstol dice, con dolor, que no todos los que han oído han llegado a creer. Esto vale para todos los tiempos. Cómo oír la Palabra, será determinante para la fe (ver 10,18-22). Y en esta cuestión ocupan un lugar clave los “guías” que acompañen a hermanos que aún no conocen ni aceptan la Palabra. Recordemos el bello papel ejercido por Felipe ante el etíope que leía al profeta Isaías: “¿Entiendes lo que estás leyendo?” Responde el etíope: “¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?” (es el episodio narrado en Hech 8,26- 40). Felipe había pasado de la propia ceguera a la luz del Señor, y por ello se le había concedido auxiliar a otros en el camino de la fe. ¿Qué puede pasar si un ciego guía a otro ciego? (ver Lc 6,39-42).
La herencia del Señor presente en las Escrituras tendrá que ir más allá de un mero libro abierto. De ahí la importancia de ofrecer caminos que nos lleven a descubrir el tesoro de la Palabra contenido en la Escritura santa, que nos enseña a comprender nuestra historia, gracias a Cristo muerto y resucitado. Uno de ellos es la lectio divina: esta lectura es calificada como ‘divina’, porque se realiza sobre las Escrituras inspiradas, y se realiza gracias a la presencia del Espíritu en la Iglesia, que acompaña a todos sus miembros para que conozcan y se dejen guiar por su Maestro y Señor.
En muchas reuniones de formación al interior de las comunidades cristianas, es frecuente iniciar recordando las luces y orientaciones recibidas de los Concilios, Sínodos, Conferencias episcopales, etc. Es explicable, porque en estas experiencias de Iglesia se toma el pulso de la realidad y porque se ofrecen normas y orientaciones para el futuro.
Me uno a lo anterior al elaborar algunas notas que nos ayuden a comprender y vivir la lectura orante de la Palabra o Lectio Divina. Después de todo, ningún cristiano puede vivir sin la comunión con los discípulos de ayer y de hoy, sobre todo si se trata de quienes en nombre de Cristo guían a su pueblo: son ellos quienes han recibido y nos entregan de manera viva a nosotros lo que viven de la fe en el Padre, en el Señor Jesucristo y en el Espíritu Santo.
El espíritu propio de la lectio divina se mueve dentro de lo que llegó a confesar el profeta Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer 20,7). De esta manera reconocía que el Señor es el protagonista en su obra de salvación, es él quien inicia su obra atrayéndonos hacia Él; antes que el hombre busque a Dios, él ya se nos ha adelantado desde siempre. Pero en el encuentro con el Señor en las Escrituras, nosotros tomamos una postura que es propia del hombre de fe: dejarnos seducir, atraer, y este paso permite que el hombre colabore de manera responsable en su vocación. Deseamos que esta experiencia la vivan todos aquellos bautizados que avanzan en su fe desde la lectio divina, y lleguen a ser verdaderos evangelizadores que lleven en ellos la Palabra.
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